Un té con Sherlock Holmes

Londres. Finales del Siglo XIX.

Una fría y poco acogedora tarde de invierno se cernía sobre la ciudad. Las luces de los hogares y los salones donde todos los señores ingleses debatían todo tipo de asuntos banales brillaban a lo largo de las calles del centro. En las aceras mojadas se dejaba ver algún vendedor ambulante despistado, así como algún bribón esperando un descuido.

El coche, esquivando montones de suciedad y avanzando entre charcos llegó al club Diógenes. El conductor, cubierto por una gruesa capota, descendió de su asiento y me abrió la puerta izquierda del vehículo. Descendí rápidamente y bordeando el puesto vacío del trilero que se apostaba allí habitualmente, me dirigí hacia dentro del club. Mientras entraba, Carlton se despidió con un gesto de cabeza y desapareció bajo la cortina de lluvia calle abajo.

El Diógenes era uno de los clubs de caballeros más distinguidos de todo Londres. Su principal norma, la del silencio, atraía a las más brillantes y asociales mentes de la ciudad. El único lugar donde la norma del silencio no aplicaba era en el Salón de los Forasteros, y hacia allí precisamente me dirigía.

Para no perturbar la privacidad, descanso y humor de los miembros del club, el acceso al salón se producía por un estrecho pasillo que se encontraba al final del recibidor. Al cruzarlo y llegar al umbral de la puerta pude escuchar nítidamente la voz de mi anfitrión.

-Adelante-dijo Mycroft. Mi hermano no tardará en llegar. Creo que andaba metiendo las narices en uno de los harenes del principe Persa que se encontraba estos días por aquí.

Siguiendo la invitación de Mycroft me dirigí a la butaca que estaba más alejada del fuego. Me quité la chaqueta con cuidado para no mojar todo y sin haberme dado apenas tiempo a sentarme apareció en el marco de la puerta la figura de Sherlock. El alto, delgado y enjuto detective se adelantó, hizo un gesto con la cabeza a su hermano Mycroft y avanzo hacia donde me encontraba para estrecharme la mano.

-Buenas tardes- me saludó mientras lanzaba una fugaz e inquisitiva mirada. En ese instante me di cuenta de que aquel hombre ya sabía más de mis últimos movimientos y mis costumbres que yo mismo. Siguiendo a mis dos anfitriones me senté y me preparé para admitir que mi nivel intelectual se reduciría al de una mala mosca.

-Darrell, tráiganos el té- ordenó Mycroft. Mientras se acomodó en su butaca.

Entre tanto, Sherlock con su mirada inquisitiva dió inicio a la reunión. – Y bien caballeros, ¿ Qué nos trae por aquí?

“Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad” Sherlock Holmes

 

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