Sherlock Holmes

Un té con Sherlock Holmes

Londres. Finales del Siglo XIX.

Una fría y poco acogedora tarde de invierno se cernía sobre la ciudad. Las luces de los hogares y los salones donde todos los señores ingleses debatían todo tipo de asuntos banales brillaban a lo largo de las calles del centro. En las aceras mojadas se dejaba ver algún vendedor ambulante despistado, así como algún bribón esperando un descuido.

El coche, esquivando montones de suciedad y avanzando entre charcos llegó al club Diógenes. El conductor, cubierto por una gruesa capota, descendió de su asiento y me abrió la puerta izquierda del vehículo. Descendí rápidamente y bordeando el puesto vacío del trilero que se apostaba allí habitualmente, me dirigí hacia dentro del club. Mientras entraba, Carlton se despidió con un gesto de cabeza y desapareció bajo la cortina de lluvia calle abajo.

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